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Cafe Lino

lino / la del café / 2009

Había una lino que llevaba un café ella sola, a su aire.

Tenía uno o dos clientes al día, pero como le gustaba tomarse las cosas con calma, más bien le venía bien.

Al terminar la jornada miró el cajón de las bolsas de café del armario rojo y quedaban solo unos pocos granos. «Tráigame 100 gramos de café», llamó al vendedor. «Mañana no estaré, así que déjelo en la tienda.» Al día siguiente, a primera hora, pensaba ir a coger fresas y hacer una buena tarta.

Cuando Cafe Lino volvió a la tienda con los brazos llenos de fresas, había una nota en la puerta.

«Entregados 100 kilos de café. Lo he metido todo dentro.»

La lino ladeó la cabeza, abrió la puerta y, con un gran fshhh, una ola de granos de café se la tragó. «Vaya por Dios. No son 100 gramos, han venido 100 kilos», dijo la lino, enterrada en el café.

Cafe Lino tumbada sobre los granos de café
Cafe Lino. Sobre los granos de café.

Así que nadó como pudo hacia arriba por el mar de granos y encontró, bajo el techo, un hueco justo del tamaño de una cara.

«Tengo que llamar a ese despistado», estaba pensando, calculando hacia dónde caía el teléfono, cuando desde abajo llegó un chof, chof. La lino miraba hacia el ruido cuando, con un plop, asomó la cara de un señor. Durante un momento solo giró la cabeza a un lado y a otro. Después vio a la lino y dijo: «Un café.»

«Un café, marchando», dijo la lino, y nadó hasta donde creía que estaba el armario, y se sumergió.

Al rato apareció el armario rojo, consiguió abrirlo, sacó granos de la bolsita, los metió por la ranura del molinillo y los molió. No podía usar el fuego del gas, así que echó el agua caliente del termo. Con el café que logró preparar subió hacia donde estaba el cliente y, por suerte, salió justo delante de la cara del señor.

La lino levantó los dos brazos y sirvió el café en la taza, y el señor se lo bebió con no poca dificultad.

«Estaba buenísimo», dijo, y se marchó. Iba a llamar al vendedor de café cuando le llegó una voz desde fuera de la tienda.

Era el mismo señor. «…¡Perdone! ¡El café estaba tan bueno que también quería comprar granos!» Y la lino contestó: «¿Granos? ¿No lleva usted en los bolsillos?» «¡Ay! ¡Tengo los bolsillos llenos de café!», dijo él. «Pues lléveselos», respondió ella.

Ahora sí, iba a sumergirse a llamar cuando volvió a oírse un chof, chof. Los que pasaban por allí habían oído la conversación y venían a tomar café.

Y así, cada vez que intentaba hacer la llamada, otro cliente asomaba la cara desde el mar de granos y la lino nadaba a preparar café. Los clientes no dejaban de asomar y estaba ocupadísima. Para cuando la noche cubrió el tejado de la tienda, todo aquel café se había terminado.

Por fin no quedaban clientes. Miró con calma el cajón de las bolsas de café del armario rojo y quedaban solo unos pocos granos. «Tráigame 100 gramos de café», llamó al vendedor. «Mañana no estaré, así que déjelo en la tienda.»

Mañana irá a coger uvas silvestres para hacer zumo.

Fin