
Había empezado a nevar.
La tienda de manzanas de Una estaba a punto de cerrar por este año.
De todas las manzanas recogidas durante el verano quedaban ya muy pocas.
Vendida una cesta más, se acababa hasta el año que viene.
La tienda de manzanas de Una está junto al camino que toman las criaturas cuando se mudan antes de la nieve, y por eso las manzanas se venden bien.
Pero la mudanza debía de haber terminado, porque no pasaba nadie. Ayer y anteayer bajaron por el camino solo unos pocos, y hasta esos pasaron deprisa, con la espalda encogida.
Hoy se estaba poniendo el sol y todavía no había venido nadie. La nieve seguía cayendo del cielo; por la mañana estaría todo blanco.
A la pequeña Una se le había metido en la cabeza que no podía cerrar la tienda hasta vender todas las manzanas, así que siguió esperando a que viniera alguien. Con las manos frías y los ojos de sueño, allí se quedó de pie mientras oscurecía.
Cinco manzanas en la cesta.
Ojalá vinieran cinco hermanitos, pensó Una.
Ya oscurecía y Una empezaba a recoger la tienda cuando algo vino brillando desde lejos.
Una lucecita, como una estrella caída, se fue acercando por el camino. Una pensó que venía una estrella a comprar una manzana.
Con el corazón a mil, se puso detrás del mostrador, y lo que llegó no era una estrella, sino una niña de pelo rizado.
Llevaba en la mano una rama con la punta encendida.
«Una manzana, por favor», dijo la niña.
«Aquí tienes», dijo Una.
Mirando de reojo la rama encendida, Una metió la manzana en una bolsa. La niña del pelo rizado miraba la tienda con mucha tranquilidad.
A Una se le iban las ganas de preguntar qué era aquella rama, pero le daba vergüenza.
«Oye…»
dijo Una, sacando valor, mientras le daba la manzana.
La niña cogió la manzana, se rio bajito, je, je, y contestó:
voy a devolver un libro.
«Un libro», dijo Una.
Hasta otra, dijo la niña, y echó a andar.
Una quería saber lo de la rama encendida y pensó en salir corriendo tras ella, pero la niña seguía andando y andando.
Mientras aún se lo estaba pensando, la rama que brillaba como una estrella desapareció en el camino oscuro.
Se lo pregunto el año que viene, pensó Una.
Este año no le había salido el valor, pero la próxima vez, le pareció, sí le saldría.
Hasta el año que viene. Y diciendo eso, recogió la tienda de manzanas.
Los árboles y el camino se cubrieron de nieve, y el año se iba acabando.
Hasta el año que viene.