

Ya tendría que haber templado, pero la nieve seguía cayendo, mansa y sin parar, y los animales no salían de sus madrigueras.
Todo el invierno la pequeña Una había ido sacando cosas de la nieve —cosas que otros habían perdido— y decidió poner una tienda. Casi nunca venía nadie. Aun así, de vez en cuando entraba algún animal al que se le había perdido un guante, o un botón del abrigo.

Una noche en que el largo invierno parecía no ir a acabarse nunca, Peludo entró corriendo en la tienda, chi, chi.
Peludo movía sus dos manitas sin parar, intentando explicar algo. Una alcanzó una de las llaves que colgaban del techo y se la ofreció: «Aquí tienes».

Peludo la miró un momento y la tiró. Parpadeando, Una descolgó otra llave con cuidado y se la ofreció: «Aquí tienes».
Peludo apretó el pelo contra el aro de la llave, lo enredó dentro y estuvo un rato trasteando con ella; luego, como si hubiera quedado contento, salió de la tienda.
Esa noche, Una soñó que Peludo iba por ahí abriendo cerraduras.
Abría el prado que dormía bajo la nieve,
abría el arroyo helado,
abría las nubes frías,
y abría también las madrigueras de los animales.Por la mañana, cuando la niña se despertó, los animales se habían juntado delante de la tienda. Entraba un sol tibio y la hierba verde brillaba asomando entre la nieve.
A lo mejor la llave que le dio Una era la llave que abre la puerta de la primavera.







