
El manzano solo da fruta en una época del año. Pero por muchas que cojas, las manzanas no se acaban nunca.
Hoy, como siempre, Una salió en bicicleta muy contenta a recoger las manzanas de todo un año.
Y allí había una puerta rara que el día anterior no estaba.
La niña la miró un rato, pero la entrada estaba cerrada, así que siguió de largo.
De vuelta a casa, ya con un montón de manzanas, había una criatura pequeña agachada, llorando. Le tapaba la cara una máscara de conejo.
«¿Qué te pasa?», preguntó Una, pero la criatura seguía llorando, así que decidió subirla a la bicicleta y llevarla hasta donde había más gente.
Cuando las dos volvían a pasar por delante de aquella puerta rara, se puso a llover.
La criatura tiró de la ropa de Una y señaló. La puerta se había abierto: justo lo justo para que pasara alguien pequeño. Se oían voces y tambores de fiesta, ton, ton.
Llevada de la mano, Una cruzó la puerta, y allí había un festival de noche. Había parado de llover.
Entre las filas de puestos iban y venían criaturas, hablando y riéndose.




Había puestos de tiro, de algodón de azúcar, de recortar figuras en una plancha de azúcar, de comida a la plancha.
La criatura tiraba de Una, colándose entre la gente, y de pronto se paró en seco. Habían llegado a un puesto lleno de máscaras colgadas.
La criatura señalaba las máscaras y le sacudía la mano a Una una y otra vez. Una pensó en comprar una, pero no conseguía ver bien a quien atendía el puesto. Al fijarse, los que pasaban y los de los demás puestos se veían todos borrosos, difíciles de mirar.
Entonces la criatura cogió del puesto una máscara de conejo e intentó ponérsela a Una en la cabeza. Cuando Una le soltó la mano para ponérsela ella misma, la criatura negó con la cabeza con fuerza: ni hablar.
Como pudo, Una se la puso con una sola mano. Cuando fue a pagar, la criatura volvió a negar con la cabeza. Por lo visto, allí no se pagaba nada.
Aquello se animó muchísimo. Todos los que pasaban llevaban también una máscara.


Encantada, la criatura tiraba de Una, y se pusieron con las argollas, con la pesca de peces de colores, con la rifa que se saca tirando de un cordel, con la pesca de globos de agua.
Ahora que lo pensaba, Una tenía hambre. Con tanto jugar se le había olvidado comer.
Miró alrededor y encontró un puesto de manzanas de caramelo, que es lo que más le gusta. La criatura estaba absorta en el puesto de tiro, así que Una cogió una de momento.
Justo cuando iba a darle un bocado, la manzana chocó contra la máscara, toc. Se le había olvidado del todo que la llevaba puesta.
Una se levantó la máscara para morder. Y fue entonces cuando pasó.
«¡Una de fuera!»
Sonó una voz aguda. Todo se quedó en silencio y se le fueron acercando.
Una volvió a bajarse la máscara a toda prisa, pero seguían avanzando paso a paso: «una de fuera», «una de fuera».
Cuando ya creía que se había acabado todo, algo se cayó con un estruendo.
Al volverse a mirar, algo tiró fuerte desde abajo. Era la criatura.
Llevada de la mano, Una se agachó y pasó por debajo de la gente.
«Dónde». «Dónde». «Dónde».
La criatura se coló entre la gente una vez y otra, y cuando Una quiso darse cuenta estaban justo dentro de la puerta.
La manzana de caramelo se le debía de haber caído por el camino: solo quedaba el palo, bien agarrado en la mano de Una.
«Gracias», dijo Una, y la criatura le hizo un gesto para que saliera, rápido. «Dónde, dónde», seguían las voces, buscando.
Una salió a toda prisa por la puerta y esta empezó a cerrarse enseguida. Por el último resquicio alcanzó a ver a la criatura diciéndole adiós con la mano.
Fuera todavía era de tarde. Llovía con ganas.
La máscara de conejo le colgaba del hombro.
Una se subió a la bicicleta y se puso en camino a casa. Mañana habría más manzanas que recoger.
Al cabo de un rato miró atrás, y la puerta ya no estaba.
Una se puso la máscara delante de la cara.
Le pareció oír, muy a lo lejos, el ruido del festival.